Jueves 17 de agosto de 2017; 16 h. Recibo una llamada de una familia americana preguntando si sería posible hacer una ruta de dragones esa misma tarde, aunque saben que es muy justo de tiempo. Les digo que claro que sí y que en una media hora puedo salir de casa y estar en el Barrio del Borne, nuestro punto habitual de encuentro, a las 17.15 h. Me confirman que sí están interesados en hacer la ruta. Bajo para coger el metro en la estación de Lesseps y, habiendo marcado ya mi billete, al inicio de las escaleras mecánicas que bajan al andén, me doy cuenta de que he olvidado las máscaras de fieltro con las que  hacemos que los niños hagan un roleplay de la leyenda de Sant Jordi.

Por un momento pienso en no subir a casa, dejar las máscaras e improvisar algo, pero sé que los niños disfrutan mucho esta parte de la ruta y que ese momento vale mucho la pena. Así que, doy media vuelta, y vuelvo a casa a buscarlas. Entre subir y bajar calculo que habrán pasado un par de trenes, de 16:40 a 16:50. Subo al metro en Lesseps a las 16:51; lo sé por unos WhatsApp que posteriormente una amiga me dice que ya no había recibido por el colapso de las líneas telefónicas y las comunicaciones.

Al llegar a la estación de Plaza de Cataluña, el metro se detiene y las puertas se abren, y ya no se vuelven a cerrar. Pasan unos minutos y hay un ambiente extraño. Hasta que una voz femenina dice que ‘debido a una incidencia’ debemos abandonar el vagón. El andén está lleno, y la gente se amontona en las puertas de salida del metro mientras un guardia de seguridad dice que hay un ataque terrorista arriba y que todo el que salga del metro lo hará bajo su responsabilidad, que recomiendan no moverse de allí.

El corazón se me acelera mucho y no puedo creer lo que está pasando. Mi primer impulso es salir de allí siempre tienes la sensación de que estando allí encerrado te sientes más inseguro… La gente tiene la cara desencajada, y hay muchas personas que entran al metro para refugiarse, y se empieza a escuchar que ha habido un atropello masivo en las Ramblas.

Llamo a la familia americana que me espera en el Barrio del Borne, intentando no asustarlos, diciendo que ha pasado algo en el centro y que, por favor, tomen un taxi de vuelta al hotel, que no podremos hacer la ruta aquella tarde. Con este hombre, Michael, hemos hablado tanto desde aquel día que estamos conectados de una manera especial… Me tranquiliza y me dice que él vive en Oriente Medio y que está acostumbrado a estas cosas, que todo saldrá bien y que le llame cuando pueda llegar a casa. Yo le digo que yo no estoy en absoluto acostumbrada a ello, y que tengo mucho miedo ahora mismo.

No sé exactamente cuántos minutos después, la misma voz de megafonía que nos había hecho abandonar el vagón dice que volvamos a subir al tren, que se reanudará el viaje pero el convoy no hará parada ni en Liceo ni en Drassanes, que parará directamente en la estación de Paral·lel.

En el mismo vagón, conozco a una chica que trabaja en el centro y que vive en Sant Cugat, bajamos en la estación de Paral·lel y tomamos un taxi juntas para ir cada una a su casa. En ese momento ya se empiezan a sentir sirenas y todo empieza a ponerse del revés.

Llego a casa y pongo las noticias, y me doy cuenta de qué está ocurriendo… No me lo puedo creer…

Llamo a Michael y me dice que ya están en el hotel, y que también está viendo en la televisión lo que está pasando en Plaza Cataluña. Me viene a la cabeza que si no hubiera dado media vuelta para ir a buscar las máscaras que había olvidado habría bajado en la parada de Liceo justo a la hora en que aquello terrible sucedía… me podía haber pasado a mí o podía haberme encontrado allí y verlo, aunque no me hubiera pasado nada… pensaba que podía haber amigos míos o que podría haber estado paseando con mis hijos o mis padres para ir a ver las estatuas de la Rambla … se me cortaba la respiración viendo la gente tendida en el suelo y la angustia general. Lo injusto que era que esa gente estuviera allí justo en ese momento, y lo fácil que es que nos pueda tocar a todos, en realidad…

Horas después me puse en contacto con las familias de turistas que tenían rutas reservadas para los tres días siguientes, pensando que seguramente las querrían cancelar. De hecho, creo que si me hubiera pasado a mí mientras visitaba alguna ciudad de Europa con mis hijos, siendo yo la clienta probablemente hubiera anulado la ruta de la mañana siguiente … quizás no me habría visto capaz de hacerla. La sorpresa fue que, no sólo no las querían cancelar sino que, creían que era muy importante poder salir a la calle el día después, para hacer algo bonito que pudiera distraer a los niños de toda aquella tensión, al menos por un rato. Muchos de ellos habían estado muchas horas encerrados en el hotel pasando mucho miedo por no saber lo que podía pasar, otros habían estado cerca de las Ramblas y lo habían sufrido de cerca y habían visto a los niños muy afectados … una familia mexicana me contaba que un taxista de Tánger les había llevado gratuitamente a casa con lágrimas en los ojos diciendo que él estaba agradecidísimo a la ciudad de Barcelona por todo lo que le había dado, y que no podía estar más triste por lo que acababa de pasar. Hemos escuchado muchas historias similares estos días; de empatía, de solidaridad y de querer sumar y ayudar.

Me impactó mucho ver la fortaleza de la gente y la capacidad de la condición humana de salir adelante y romper barreras. Recibimos llamadas de dos familias más que querían hacer algo con los niños para descubrir la ciudad de una forma distinta, especialmente aquellos días … Finalmente terminaron sumándose familias que no se conocían entre ellas y queriendo compartir una misma ruta de dragones… afrontamos el miedo juntos, y hablamos de cómo nos sentíamos… y aparte de coincidir en las sensaciones de incertidumbre, miedo, inquietud y angustia, coincidimos en el deseo común de pensar en cosas bonitas y ‘cuidar’ la ciudad en la medida que pudiéramos … una de las mexicanas decía “para nosotros fue renovador poder salir a buscar dragones y luchar juntos contra ellos”.

Para mí fue toda una lección. No porque no se pueda mostrar el miedo ni porque tengamos que hacernos los valientes sin dejarnos sentir debilidades forzando una vuelta anticipada a la normalidad, al contrario. Es evidente que todo el mundo estaba muy asustado. Precisamente hablamos mucho de sentimientos y del miedo y dejamos salir lo que llevábamos dentro, compartiendo. Pero mirando a los ojos y mirando en la misma dirección, pensando que a pesar de todo valía la pena hacer cada paso en nombre de la PAZ y el RESPETO a las diferentes culturas y religiones, partiendo del DEJAR SER al otro con libertad y amplitud de corazón, interesándose por cómo vive y siente, e intentando ENTENDER sin juzgar. Compartimos que la violencia y el hacer daño nunca tienen sentido. Y que nos gustaría que no existieran… terminamos justamente en Liceo, en el dragón de la casa de los paraguas, sumándonos al silencio y apoyando desde el corazón a las víctimas ya sus familiares. JUNTOS.